EL LOCO PARAÍSO

judas

Jesús había pasado toda la noche rezando en el huerto de Getsemaní esperando la hora señalada. Los apóstoles habían dormido poco y, más encima, andaban con la resaca de la última cena, donde comieron a destajo y bebieron vino como si fuese el día del juicio final.

Estaban todos acurrucados bajo un viejo olivo, de unos 14 metros de altura, de tronco grueso y contorneado. Fueron despertando de a poco, dándose codazos, anunciando el amanecer y recordando el vaticinio que el Maestro había hecho la noche anterior. – Uno de ustedes me traicionará, les dijo. Y los doce quedaron medios turulecos. El Maestro acostumbraba a hablar en parábolas y no sabían bien si lo que les había dicho era otro más de sus acertijos o había que tomárselo en serio.

En eso estaban, mirándose unos a otros con recelo, cuando Lucas, el de Antioquía, notó lo ausencia de Judas. – El Iscariote no anda por acá, ¿quién cresta lo ha visto?.

– Tal vez fue a dejar su huella más arriba, camino a la cumbre. Ayer comió como un buey entero y seguro debe dejarlo salir algún día- bromeó Juan, el más joven de todos.

La sospecha comenzó a instalarse y el murmullo entre los discípulos también. Y apenas cayeron los primeros rayos de sol sobre los jardines de aquel monte, se escucharon los pasos de un gentío y se vieron sus sombras alumbradas por las antorchas que les iban indicando el camino. Y allí aparecieron: Judas en el frente, y tras él, algunos soldados romanos y un montón de hombres jóvenes cargados de palos, de aspecto furioso y dispuestos a cumplir la tarea que los viejos sacerdotes les habían encomendado.

– Bien Judas, haz lo tuyo- inquirió uno de los que comandaba el grupo. Entonces el traidor, ya no habían dudas, caminó hacia Jesús con su morral repleto de monedas de oro y acercándose a su oído le dijo: – no te voy a dar en el gusto. Acto seguido, enfiló hacia su derecha donde se encontraba Pedro tiritando de miedo tras una roca. Cariñosamente tomó su cara y lo besó en la mejilla. Y ahí se armó la zafacoca. La turba se abalanzó sobre el pescador y Pedro, que no era el Dalai Lama, comenzó a repartir aletazos. Jesús, en medio de la trifulca, gritaba- ¡soy yo, soy yo! – desesperado por ver cómo los designios de las escrituras se iban por el despeñadero. Y Pedro, débil como era, afirmaba: – ¡Es él, es él! Pero nadie le creyó.

El asunto es que se llevaron a Pedro detenido, con los dos ojos en tinta, la mandíbula chueca y bien amarrado. Y mientras el piquete iba bajando la colina, Jesús caminaba rápidamente al lado del ellos intentando hacerles entrar en razón. – No es él, soy yo a quién deben llevarse preso. Soy yo quién dice ser el hijo de Dios- insistía. Pero de un solo golpe lo echaron a un lado y lo dejaron tendido al borde del sendero.

A Pedro lo llevaron donde Poncio Pilatos, el Gobernador romano. Y el hombre que estaba a punto de cambiar la historia trató de explicarle el mal entendido, pero los nervios y la lengua trabada por la golpiza, no pudieron hacer nada por mejorar su presente y su futuro.

Y mientras Pedro balbuceaba explicaciones sin mucha suerte, Jesús deambulaba desesperado entre las polvorientas calles de Jerusalén esperando un milagro que pusiera de nuevo las cosas en su lugar. De pronto unas mujeres lo reconocieron. –Te hemos visto con él, al que apresaron, el que dice ser hijo de Dios.   Y Jesús, que no andaba de buenas por la falta de sueño y por ver su final empañado por un estúpido enredo, exclamó: – ¡el no es el hijo de Dios, no es el hijo de Dios, no es él el mesías!. Lo dijo así, tres veces. Entonces un gallo cantó y antes de que el pajarraco cerrara el pico, Pilatos ya había puestos sus manos en agua tibia tras condenar a muerte al pobre aldeano que años antes tiraba las redes sobre el mar de Galilea, sin más ambiciones que algunas sardinas, algo de miel y legumbres.

El resto de la historia es conocida. Un poco distinta, pero conocida. Al desafortunado Pedro lo azotaron ferozmente, pusieron sobre su cabeza una corona de espinas y cargó con el madero sobre sus hombros hacia lo más alto del Gólgota, el lugar de calaveras donde vería su último horizonte. Y mientras caminaba, entre escupitajos y ofensas, el hombre de barba y áspero genio, maldecía al idiota de Judas, que siempre lo miró con envidia por ser el preferido.

Tras tropezar unas cuántas veces, Pedro logró la cima y su crucifixión. Lo clavaron como a un delincuente, le enterraron una lanza a su costado y lo exhibieron como un animal moribundo en mitad del matadero. Antes de dejar esta tierra, Pedro gritó: – ¡Donde te pille te mato, Judas de pacotilla! Inclinó su cabeza, dio un último suspiro y murió. Murió. Y murió bien muerto. Ni hablar de resurrección.

A esas alturas Judas ya se encontraba haciendo negocios en una taberna de mala fama con un cobrador de impuestos intentando abultar el buen dinero que se había hecho trabajando de soplón. Y el resto de los discípulos murió sin volver a ver la luz del día, escondidos en catacumbas, confundidos por todo lo que les había tocado vivir.

Y de Jesús solo se cuentan algunas historias. Los entendidos señalan que tras la muerte de Pedro, Cristo sintió el peso de la culpa y del pecado. Su misión era morir por los hombres y no escabullirse de su hora más oscura. Además ya estaba tieso al que había elegido para seguir sus pasos sobre este mundo, y ya nadie lo seguía. Andaba entre las casas de piedra, de un pueblo a otro, dibujando con su dedo en la arena y anunciando en plazas y templos la promesa de un vergel sin hambre, sed ni penurias. Los transeúntes lo llamaron “el loco paraíso”.

Después de un tiempo nunca más lo vieron. Algunos piensan que se transformó en un ser eterno, el hombre de toda época. Cuentan que vaga por el mundo, sucio y maloliente, con una bolsa de pan duro y una caja de tinto barato, esperando algún día ser descubierto y degollado como a un cordero entregado al sacrificio.


Por Matías Carrasco.

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3 comentarios en “EL LOCO PARAÍSO

  1. JOAQUIN LARRONDO dijo:

    Matías, una vez más tu cuento genial. Algo que parece chistoso como dice Paulina, tiene un fondo muy potente y a veces tan diferente a lo que una parte de la religión, nos quiso enseñar. Felicitaciones!!!

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