UNA MUJER NORMAL

mujer normal

Parecía una mujer normal. Andaba y amaba como una mujer normal. Sacudía el mantel después de cada comida, barría los restos que volaban desde la mesa hasta el suelo, tomaba té con esencia a limón, perdía las llaves de vez en cuando, ordenaba, conducía distraída con el celular entre sus piernas, se sentía ancha como la luna, dormía con la televisión encendida, estiraba el cubrecamas con un toque corto y enérgico, abría cortinas en la mañana como quién abre las puertas de un gran escenario, hablaba rápido, fumaba escondida, hacía el pedido del supermercado, tomaba con sus amigas un kidroyal, sentía agobio, sentía culpa y sin embargo reía.

Su vida también parecía ordinaria, sin sobresaltos, o quizás con los sobresaltos de una vida normal. Trabajaba a cargo de las finanzas de una empresa textil que vendía bufandas, chaquetas y abrigos en el invierno local y exportaba a los países del norte cuando aquí comenzaba a aparecer la primavera. Al llegar, todos los días saludaba amablemente al portero que también era normal y compartía con ella esa habitualidad junto a un tazón de café. Buenos días don Humberto, buenos días Catalina. El resto seguía como siguen las cosas en cualquier oficina. No vale la pena repetir lo que, más o menos, todos sabemos que sucede cuando una mujer lleva las cuentas de una empresa que fabrica y vende ropas para abrigar el alma. Y así, Catalina, iba y venía como una mujer normal.

Todo seguía igual cuando comenzaba a caer la noche. Gastaba el tiempo bañando niños, desenredando niños, acostando niños y persignando niños en la frente, aunque ya había olvidado si era en el nombre del padre o del hijo donde se iniciaba el rito de la cruz. Hacía el amor, también, con normalidad. Soltaba amarras dos veces al mes y cuando su hombre, el mismo de siempre, trabajador, silencioso y aburrido le pedía una más para matar su ansiedad, Catalina, la generosa Catalina, le regalaba su cuerpo para brillar en un chispazo, darse la vuelta y dormir como una mujer normal.

Pero cuando su marido roncaba, compartía con la noche su fortuna y su secreto. Encendía una pequeña luz del velador y sacaba por debajo de su cama un puñado de libros que primero olfateaba y que luego, uno a uno, comenzaba a leer por su final. Porque Catalina no podía esperar. Apenas empezaba una historia sentía un hormigueo, primero en la planta de sus pies, después en sus manos y en su cuerpo. Un vacío se instalaba en la boca de su estómago, como una ausencia. Hiciera lo que hiciese, sentía paz cuando el final se hacía de ella o ella de su final. Por eso sus libros, de páginas vírgenes, sólo tenían sus huellas en el capítulo último, donde las palabras caen al precipicio.

Muchas veces intentó luchar contra el designio, porque ella pensaba que era un designio por haber nacido en el último vagón de un tren en marcha que no sabía de tiempos ni de esperas. Cuando le llegaba su hora, cuando su hombre ya dormía, Catalina ponía a prueba su voluntad, se resistía, se revolcaba entre las sábanas, apretaba su cara fuerte contra la almohada y enterraba sus dedos en el colchón. Pero no había caso. Por más que luchó Catalina terminaba con su brazo tanteando en la oscuridad, por debajo de su cama, rastreando los finales que le harían compañía.

Y así, la mujer normal, que no era tan normal en realidad, al menos no lo era en la intimidad de su pequeña luz, leía en unas pocas horas decenas de novelas que no conocía pero que sabía cómo terminaban. Disfrutaba del desenlace. Se emocionaba, lloraba, sonreía y ponía sus mejillas rojas cuando tenía entre sus manos el fin de una novela erótica.

A veces no entendía, muchas veces no sabía lo que estaba leyendo. Pero a Catalina no le importaba. Imaginaba la historia para entender porque Buba moría lejos de su tierra, porque Peralta enfermó o porque Pepe, el ratón de policías, terminó en un túnel de comadrejas. No era buena adivinando remates pero una genio inventándose relatos para explicar por qué sucedía una y otra cosa.

En ocasiones su esposo volvía de su sueño y a Catalina como que se le cortaba el aire por el susto a ser descubierta. Pero nadie podía sospechar, ni siquiera quién conocía su piel y su cintura, que ella no sabía esperar. Deja de leer Catalina, que mañana hay mucho que hacer. Y ella cerraba el libro, lo volvía a guardar debajo del colchón, apagaba la luz, cerraba los ojos y volvía a ser una mujer normal.


Por Matías Carrasco.

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6 comentarios en “UNA MUJER NORMAL

  1. JOAQUIN LARRONDO dijo:

    Si no me equivoco este es el cuento que te publicaron la ultima vez en emol. Solo insistirte que tus cuentos son muy entretenidos y originales y que NO dudes en seguir publicandolos acá y emol !!!

    Me gusta

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