EL CUENTO DE LA SEÑORA NORMA Y DOÑA DOCTRINA

VIEJA

La señora Norma vive en la Iglesia hace varios años ya. Ordenada y disciplinada, Norma sabe bien lo que quiere y se lo hace saber también a quienes la rodean. Su firmeza y claridad lo heredó de su madre, Doña Doctrina, una mujer de armas tomar, docta y preparada. De aspecto serio y reflexivo, Doña Doctrina disfruta hablándonos de lo humano y lo divino. Y lo hace en un lenguaje elevado (porque ella es muy culta), pudiendo sólo algunos pocos privilegiados comprender el verdadero sentido de sus palabras.

La Señora Norma y Doña Doctrina nos han dicho durante más de dos mil años lo que es correcto y lo que no. Lo que podemos y no podemos hacer. Lo que es del gusto del mismísimo Dios y lo que nos hace alejarnos de Él, por estar en falta. Y así se han hecho de un grupo grande de seguidores, que acatan a pies juntillas lo que las señoras dicten. No importa si tiene o no sentido, si genera o no daño, pero si lo dijo Norma o Doctrina, es palabra y se cumple. Así no más. ¡Y vaya uno a desobedecer a Norma!… lo mandan a uno contra la pared. ¡Para qué decir levantarle la voz a Doctrina!…corre el riesgo de ser expulsado a las mazmorras.

Pero no son malas personas. Es sólo que a veces las traiciona su avanzada edad, la fuerza de sus argumentos, su resistencia al cambio y la interpretación que algunos de sus fieles discípulos hacen de sus palabras (como hablan en difícil, cada cual interpreta lo que quiere).

La cosa es que un puñado de honestos feligreses han querido reunirse en los últimos días con la Señora Doctrina, pero sin suerte. Ahí aparecen sus escuderos, hombres y mujeres que la protegen de cualquier acercamiento.

– Hola. ¿Está la Señora?
– No, no está na ¿Qué quiere?
– Quería conversar una palabrita con ella. Es que las cosas han cambiado un poco allá afuera. Y hay gente, buena gente, que la apuntan con el dedo sólo por vivir alejado de lo que manda a decir la Señora Doctrina, o sus mensajeros ¿No tendrá un minutito?
– No, ya le dije que no. Y no vuelva a molestar.
– ¿Y me daría su email?….es que quería contarle de Daniela y Carlos, una pareja que después de pasarlo mal y pelearla harto terminaron por separarse, rehaciendo sus vidas. Y hoy sufren por no poder comulgar. O de Gustavo y Óscar, dos cabros que están descubriendo su condición y le han dado rienda suelta a su pasión. Y también sufren, porque algunos consideran que son «admisiblemente inmorales». O de los Gutiérrez, que han optado por métodos anticonceptivos para ejercer su paternidad responsable. ¿Qué hago con ellos? ¿qué les digo? ¿los mantengo fuera de la ciudad amurallada? ¿los dejo abajo de la mesa?…es que perdóneme, pero no veo dejos de inmoralidad en sus ojos…
– ¡Basta ya!, la Señora Doctrina ya dijo lo que tenía que decir y ya está.

Y así no más. Es difícil hablar con Doctrina. Su guardia real lo impide. Sus razones tendrán. Pero también las tienen quienes insisten en tomarse un café con ella. Y no es por flojera o por querer hacer de este mundo un antro de pécoras e inmorales, para disfrutar sin trabas de la orgía. No, para nada. Sólo quieren hablar con la Señora para sugerirle revisar sus enseñanzas y ponerlas al servicio de una Iglesia más cercana, humana e inclusiva. Así todos gozarán alegres del banquete, sentados en la misma mesa.

PD: Por estos días se celebra en Roma el Sínodo de la Familia, donde 191 Obispos se reúnen en torno a los grandes temas que atraviesan a las familias del mundo entero: el matrimonio, el divorcio, métodos de anticoncepción, uniones del mismo sexo, entre otros asuntos. Algunos confiamos que, en esta oportunidad, Doña Doctrina y sus escuderos  abran la puerta y se dispongan a escuchar. El Obispo belga, Johan Bonny, ya ha planteado algunas reflexiones en este punto (http://www.sinodofamilia2015.wordpress.com/). También lo hizo el Cardenal alemán, Walter Kasper (http://www.reflexionyliberacion.cl/articulo/3785/cardenal-kasper-algunos-cardenales-temen-que-todo-colapse-si-se-cambia-algo.html) y últimamente el teólogo vasco José Antonio Pagola (http://www.periodistadigital.com/religion/espana/2013/05/29/pagola-creo-que-francisco-sera-el-ultimo-jefe-de-estado-del-vaticano-religion-iglesia-libros-ppc-jesus-evangelio.shtml).

Sé que este es un tema espinudo, complejo y difícil para nuestra Iglesia. Sobre todo porque existen fundamentos teológicos e históricos que sustentan muchas de las decisiones de Doña Doctrina. Sin embargo, quienes golpean a la puerta de la Señora, también tienen lo suyo: son historias, sufrimientos, testimonios y pedazos de humanidad que merecen, al menos, ser escuchados y revisados en un diálogo sincero, abierto y fraterno.  Sin miedo, sin prejuicios, sin condena.

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JUGAR CON ARENAS

arenas

Siempre jugué con Arenas. Era la máxima entretención de todas nuestras vacaciones. Castillos, murallones, figuras humanas y largas pistas de carrera. De todo hacíamos en la playa con Arenas. El balde, la pala y el rastrillo eran también parte de ese entretenido panorama.

Pero algo pasó en este último verano. Jugar con Arenas ya no fue lo mismo. Definitivamente algo cambió. Ya no sólo dejó de ser divertido, sino que se convirtió en algo tedioso, aburrido y serio. Incluso algunos decían que hasta podía ser peligroso seguir jugando con Arenas. Pero yo no creía. Lo que si debo reconocer es que la Arenas se puso más caliente, a veces intolerable. Entonces debía andar con chalas, a saltos, con mucho cuidado, porque de lo contrario, me podía quemar.

Lo último que logré hacer con la Arenas fue dibujar un gran corazón. Lo hice medio a la rápida si, pero me quedó bien. Me sentí encachado y orgulloso. El único problema era que no se podía tocar. Y no porque yo no quisiera, sino porque la Arenas impedía hacerlo. Claro, porque era como blanda, entonces al mas mínimo contacto, el corazón que había hecho con tanto esfuerzo se derrumbaría.

Y así pasó un buen tiempo. Y el corazón continuó ahí, intacto. Pasaron los poderosos de siempre, la clase de al medio y la mismísima señora Juanita. Todos quisieron tocar la obra que había construido. Pero no hubo caso. La Arenas se encargaba siempre de impedir cualquier acercamiento. Bastaba sólo que alguien rondara a centímetros del corazón, para que los granos comenzaran a desprenderse, como una amenaza.

Hasta que un buen día de la semana recién pasada, decidimos hacer un acuerdo con todos mis amigos. Bueno, casi todos en verdad. A Rojo ni siquiera lo llamamos y a Udigoyen tuvimos que traerlo casi a la fuerza, porque no se animaba a venir. Y con ellos convenimos un trato: si no podíamos tocar el corazón de Arenas, al menos queríamos adornarlo, con guirnaldas y coronas….no, no para tanto. Pero sí enchularlo, para que no se nos fuera a derrumbar a la primera.

Y así lo hicimos. Y quedó lindo. Bueno, algunos decían que en realidad era mejor ni tocarlo, mientras otros se quejan todavía de que a pesar de todos los esfuerzos, nuestro corazón igual se vendría abajo.

En fin, lo importante es que volvimos a disfrutar como antes. ¡No es para revolcarme con la Arenas ni mucho menos! Pero volvimos a jugar juntos. Por ahora.

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