SOBRE LA LIBERTAD

El humorista y comunicador, Checho Hirane, fue sacado de pantalla -anticipadamente, según La Red- tras declarar en radio Agricultura, que los empresarios “tienen que poner todo tipo de trabas (al gobierno de Gabriel Boric) para que le vaya mal a sus políticas”. Horas después, pidió perdón. “No usé un lenguaje adecuado y me arrepiento” -dijo. No obstante, la casa televisiva decidió adelantar el término del programa, arguyendo que sus dichos generarían desconfianzas en la realización editorial del espacio. Hirane acusó censura y se instaló nuevamente el debate sobre la libertad de expresión.

¿Es conveniente bajar del escenario a quién emite declaraciones impropias? ¿o se debe tolerar la existencia de opiniones que nos puedan resultar, a muchos, fuera de tono o incluso aberrantes?

En su ensayo “Sobre la libertad”, John Stuart Mill plantea cosas muy interesantes sobre este asunto. Tenía ya en esa época -a mediados del siglo XIX- una particular sospecha sobre la opresión social que la opinión pública ejercía sobre los individuos, poniendo en riesgo la libertad para emitir opiniones distintas a las que promueve la mayoría (o la masa más vociferante). Y para Mill eso era un problema serio, porque estaba convencido de que la única manera de aproximarse a la verdad era a través del intercambio de diversas ideas, incluso de las minoritarias, impopulares o extravagantes.

“Si toda la humanidad a excepción de una persona fuera de una opinión, y solo esa persona fuera de la opinión contraria, la humanidad no estaría más legitimada para silenciar a dicha persona de lo que estaría para silenciar a la humanidad, suponiendo que tuviera el poder para ello” – planteaba el filósofo. Mill consideraba que toda opinión merecía existir y ser debatida. Una idea podía ser verdadera, o poseer algo de verdad. Y de ser errónea, estaba siempre la gran posibilidad de confrontarla “para una clara aprehensión y un sentimiento profundo por la verdad”. Por eso decía que el mal no era la colisión violenta entre partes de la verdad, sino la supresión silenciosa de la mitad de ella.

Todo esto lo pensó, Stuart Mill, sin imaginar siquiera la existencia de redes sociales que amplificarían exponencialmente la influencia y el peso (a veces asfixiante) de la opinión pública. Hoy pareciera no existir un interés por acercarnos a la verdad, sino más bien una pulsión, un ímpetu, por imponer el propio juicio por sobre las ideas que nos resultan incómodas, o simplemente diferentes. Y el riesgo es que algunas bocas, algunas personas, simplemente, se acallen.

Lo de Checho Hirane puede ser una anécdota. No me interesa ni defenderlo ni victimizarlo (como suele hacerse en este tiempo). Él podrá seguir expresando su opinión en la radio y en formatos digitales (hoy el mundo da esas licencias). Lo importante, a partir de este caso, es preguntarse: ¿qué tan dispuestos estamos en respetar y fortalecer la libertad de expresión? ¿la defenderemos siempre (entendiendo su enorme valor para una cultura democrática), o lo haremos solo cuando represente los propios intereses y miradas? Lo de Hirane le puede parecer a uno reprochable, irresponsable, estúpido, si se quiere, pero ¿es conveniente sacarlo de pantalla o es mejor que sus inadecuadas declaraciones -como él mismo confesó- sean contrarrestadas con el peso de los argumentos (que desde luego los hay)?

El problema de permitir o no una opinión (dependiendo de sus razones, relevancia, o incluso, apoyo mayoritario) es que algunas se alentarán con aplausos y vítores (dependiendo la tendencia), mientras otras quedarán al margen de la discusión pública, empobreciendo el debate de ideas y el pensamiento. Hay más riesgo para una democracia en limitar la libertad de expresión, que en tolerar los exabruptos que, de vez en cuando, aparecen.

Stuart Mill señalaba que “nuestra intolerancia, puramente social, no asesina a nadie, no extirpa ideas, pero induce a los hombres a disfrazarlas o a abstenerse de todo esfuerzo activo por difundirlas”. Una advertencia hecha hace más de un siglo y medio, que sugiero ponerle la máxima atención.

Por Matías Carrasco.

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3 comentarios en “SOBRE LA LIBERTAD

  1. Juan Meza-Lopehandia dijo:

    He sido defensor de la libertad de expresión desde joven. La situación en que escribió Mill era totalmente diferente. Hoy los medios están dominados por los dueños y bloquean opiniones a destajo. Sin embargo es posible un periodismo autónomo por las redes . En Perú 3 periodistas (Sifuentes, Curwen y palacios) de financian autónomamente con los auditores y tiene más de un millón de seguidores diariamente y denuncian con bravura la pusilanimidad del sistema político. El problema planteado esta obsoleto sobrepasado por el cambio cultural. La verdadera trinchera de la libertad de expresión está en la Internet. ( No aderezos las cenizas, conservemos el fuego )

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    • ¡Hola, Juan! Gracias por tu comentario. Es cierto lo que dices. Los tiempos cambiaron y el contexto es muy distinto al de mediados del siglo XIX. Pero, pienso, la libertad de expresión, de una u otra forma, puede estar siempre en riesgo. Si bien internet permite que hoy cualquier persona pueda expresarse con libertad, la misma tecnología hace que la opinión pública se haga más fuerte y pueda generar un desincentivo (a través de funas o cancelaciones, por ejemplo) para que voces más minoritarias o impopulares se expresen libremente. ¡Saludos!

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