LA INDIGNACIÓN COMO ESPECTÁCULO

Indignación, según la RAE, significa enojo, ira o enfado vehemente contra una persona o contra sus actos. Es decir, la rabia no se expresa de cualquier manera, sino que se manifiesta con ímpetu, viveza o pasión. En Chile sabemos de esto. Con el estallido social, la indignación se expresó y se instaló. Motivos hubo, hay y seguirá habiendo para indignarse, sobre todo para aquellos que sufren la marginalidad, los abusos, la violencia y la pobreza.  El problema está en que algunos – astutamente- entendieron que la indignación puede ser un buen instrumento para ganarse la venia del pueblo, sumar likes, votos y rating. Ellos y ellas han hecho de la indignación un espectáculo y una forma de hacer carrera.

La televisión es un buen ejemplo. Si antes se premiaba la objetividad, la preparación o la habilidad de un periodista para poner distintos puntos de vista sobre la mesa, lo que se reconoce hoy es el nivel de indignación. Es por eso que varios buscan parecer irritados, seriamente irritados, absolutamente irritados, con la autoridad, con el gobierno, con los empresarios, o con quién sea (el indignado siempre debe procurarse un culpable), con tal de ganar prestigio y fama en las redes sociales. Y les resulta. El rostro indignado sabe leer muy bien el reclamo de la gente (o lo que piensa es el reclamo de la gente), y según eso se va moviendo, se va amoldando, como la arcilla o como el camaleón. Un día puede ir al norte, y al otro al sur. Lo importante, la única condición, es siempre parecer indignado.

En el día a día, en los ciudadanos como usted o como yo, la indignación también se ha convertido en un recurso inmediato, en una tabla de la que aferrarse, en un disfraz que nos sienta y nos queda bien. De alguna manera, la indignación nos convierte en víctimas y las víctimas solo padecen, librándose de toda responsabilidad. Hay cosas que nos indignan, y con razón, pero en otras, sencillamente, exageramos.

Pero en donde el asunto es particularmente grave, es en la política. Mal que mal es en esas arenas en donde se define buena parte del presente y del futuro de Chile.  Aquí no hay solo astucia, sino también bribonería. La indignación se convierte en un gran escenario, con tramoyas profesionales y parlantes de tamaños portentosos. Y ahora que las elecciones están a la vuelta de la esquina, el show crece. Da lo mismo el tema. Da lo mismo si las circunstancias son excepcionales o históricas. Da lo mismo que sepan, conscientemente, que lo que están diciendo no es del todo cierto ni del todo justo. Lo importante, como ya sabemos, es decirlo con la cara apretada, con las cejas arqueadas, con la voz fuerte, y con un tono perfectamente indignado. Tampoco importan la técnica ni los argumentos. La indignación es una cosa de guata, nada que ver con el pensamiento.

Vaya a darse una vuelta por internet. Revise los twits, los puntos de prensa, las intervenciones en las comisiones, en la Cámara y en el Senado. La mayoría – salvo excepciones- es en un tono iracundo y febril. Por eso las formas y el lenguaje han decaído tanto. Por eso los insultos, las descalificaciones y el mal trato. Por eso, el desprestigio.

Es tentador ponerse del lado de la indignación. Es sexy. Nos hace parecer (solo parecer, en la vida privada se dan otras sorpresas) hombres y mujeres justos y sensibles, paladines al fin. Pero nuestros líderes no están llamados a tomar el malestar de la calle y amplificarlo con la furia de los exaltados. Eso simplemente alimenta el boche y la división. A lo que están llamados – políticos y constituyentes- y de lo cual deben sentirse plenamente responsables, es a tomar ese descontento, analizarlo, procesarlo con ideas (vaya palabra), y generar todas las conversaciones, con todas las fuerzas políticas, en un debate abierto y respetuoso, para encausar institucionalmente el legítimo reclamo de la ciudadanía.

La indignación es un sentimiento genuino y reaccionario a la injusticia. Es, además, un motor para causas nobles, en donde vale la pena dar la pelea. Sin embargo, también puede utilizarse como una postura estética y lucrativa, que beneficia solo a algunos pero que daña la convivencia, la democracia e impide juzgar la realidad de manera equilibrada.

Alguien tiene que poner la pelota contra el piso. En momentos difíciles y decisivos, Chile no necesita de más ruido y espectáculo. Chile requiere que las cámaras se apaguen y que aparezcan, al fin, líderes sobrios y valientes, dispuestos a colaborar por un país mejor, más allá de sus ansias de poder y figuración.

Por Matías Carrasco.

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Un comentario en “LA INDIGNACIÓN COMO ESPECTÁCULO

  1. luzma dijo:

    Espectacular el tema y lo bien escrita de tu columna.
    totalmente de acuerdo , se ve especialmente en TV ( y de verdad da vergüenza ajena)….a ciertos personajes , en general periodistas que dan “ clases magistrales “ expresando su “ira “,
    su “rabia”, su “ no puede ser!!! “…..en forma teatral (no cabe duda que deben pasar horas en sus casas ensayando que cara poner etc)
    Obvio que eso vende a gente muy vulnerable ,criticándo de fútbol,salud ,vacunas, educación , formas de llevar la pandemia , política ,igualdad, gobierno etcetc .usando fundamentos de una pobreza y preparación intelectual ..pavorosa.
    .Todo esto sentados en sueldos millonarios.-
    Graciasss Matias

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