EL CAFÉ DE FREUD

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Después de unos minutos recostado sobre el diván, Ignacio, el psicoanalista, interrumpió el silencio de Manuel. Podríamos ver en qué se quedó pensando, preguntó. Manuel que ya estaba cansado de la misma dinámica, de la misma consulta y de la misma y abultada boleta de todos los meses, le respondió: en tu mujer, en eso estoy pensando, en tu mujer.

El terapeuta, con el block entre sus piernas y la punta del lápiz apoyada sobre el mentón, tragó saliva, dejó pasar algunos segundos y volvió a incorporarse. Quizás siente rabia por el abandono de su esposa, dijo con un tono tranquilo y neutro. No es por esa loca, que merecería todos los males de este mundo, es simplemente por tu mujer, dijo Manuel. ¿Recuerdas la vez que nos encontramos en el supermercado? El psicoanalista, apoyado en el sofá, no abrió la boca. Bueno, esa vez yo puse los ojos sobre tu señora y ella los suyos sobre mí. No me culpes. Es una mujer atractiva, de eso no hay dudas, y nadie puede correrle la vista a esos hombros descubiertos, a esas caderas marcadas, a su mirada traviesa y, sobre todo, a ese lunar que corona su labio superior y que quise mascar ahí mismo, en el pasillo de detergentes y blanqueadores donde se cruzaron nuestros carros.

Ignacio se hundió un poco en el sofá y desvió su mirada hacia el pequeño cuadro de naturaleza muerta que adornaba la sala donde hombres y mujeres se desarman como el mercurio. El terapeuta pensaba que ya era tiempo de cambiar ese cuadro. Debo encontrar algo más moderno, se dijo. Y luego pensó de qué manera salir del entuerto que le estaba proponiendo su paciente. Devolvió su mirada sobre el cabello rizado de Manuel y volvió a intervenir: quizás su rabia sea contra mí, sugirió. Manuel cambió de postura, abrió sus piernas, enlazó sus manos sobre su estómago y suspiró. Tengo motivos para odiarte, pero esta vez no se trata de ti, se trata de tu mujer. Luego de ese encuentro fortuito soñé con ella, esa misma noche. Soñé que la desvestía. Soñé que me sonreía. Soñé que estábamos solos en el mismo hipermercado donde nos conocimos. Ella sentada sobre las paltas maduras y yo besándola encaramado arriba de un cajón de frutas. Y cuando estaba apunto de apretar con mis dientes el lunar prohibido, reventé una palta y desperté.

El sicólogo, medio desencajado, volvió a fijar su vista en el cuadro y se convenció que una pintura de Monet sería una buena opción a esa naturaleza que más que muerta estaba podrida. Después de ese sueño, siguió Manuel, pensé que nunca más la volvería a ver. Pero tú bien sabes Ignacio, que la vida es una caja de sorpresas, y cuando fui a conocer el nuevo café que se inauguraba justo debajo de mi oficina, la vi a ella, preciosa, coqueta, como su flamante administradora. Café de Freud, ¿no? Así se llama. Imagino que tú estás detrás de ese emprendimiento. La cosa es que ella me reconoció de inmediato. Y yo, no te puedo engañar, apenas la vi se me entusiasmaron todas las hormonas. Me convertí en un cliente frecuente de Freud y su café. Al principio pasaba todas las mañanas, antes del trabajo. Pero tú sabes que soy ansioso y no puedo esperar. Así que luego empecé a dejarme caer a la hora de almuerzo y en los últimas semanas, al terminar el día. No sé cómo nos fuimos enredando. Pero ella me miraba y yo también la miraba. Ella dibujaba corazones sobre mi macchiato y eso me bastó para entender que ella quería revolverla conmigo.

A esas alturas, Ignacio no entendía bien lo que estaba escuchando. Intentaba mantenerse en su rol de psicoanalista pero le temblaba el piso y las piernas. Ahogado ahora en sus propias dudas intentó dar un manotazo antes de hundirse por completo. Tal vez vea en ella la figura de su madre, inquirió. Manuel acomodó su cabeza sobre el cojín y respondió con tono seguro. No es a mi madre a quién deseo Ignacio, es a tu mujer. No es a mi padre a quién quiero matar. Es a ti a quién quiero sacar del camino. Pero no puedo. Mal que mal son seis años, tres veces por semana y una inversión gigante que no puedo tirar por la ventana. Te tengo cariño. Hay un vínculo que no puedo traicionar. Perdona. Pero tú me has pedido decir todo lo que se me viene a la mente y lo único que tengo en este minuto es el nombre de tu mujer y ese cuerpo que ya conocí. Perdóname. Pero tú entiendes bien esto de la líbido. Cuando ella me ofreció pasar a dejarme después del último luongo de esa tarde, yo sabía y ella también, que los dos terminaríamos friéndonos de pasión. Y así fue Ignacio. En el estacionamiento del café, con Freud como testigo. Allí, en las butacas de tu Volvo, hicimos crujir los amortiguadores entre papers de Fromm, neurosis y culpa. Esa que no sentimos, pero que ahora me ahorca. ¿Tienes alguna pastilla que me puedas recetar?

El psicoanalista ya había perdido toda compostura. Ido, dibujaba garabatos y líneas inconclusas sobre el block, intentando dar cuenta de todo lo que estaba pasando.

Nunca debió haber ocurrido Ignacio, continuó Manuel con los ojos pegados en el techo. Digo lo de ese encuentro en el supermercado. Yo pensaba que tú eras un fantasma que existía solo entre estas cuatro paredes y, de vez en cuando, en mi cabeza. Pero pasó. Descubrí tu vida, a tu mujer y el sabor de ese lunar que no puedo sacármelo de la boca.

Exasperado ya, Ignacio dio un brinco, despegó del sofá y con los pelos de punta enfrentó a Manuel. ¡Estás loco! Mi mujer nunca me podría hacer algo así. He tenido mis tropiezos, es cierto, pero nada fuera de lo normal. El trabajo me absorbe por completo y no tengo todo el tiempo que querría darle a mi esposa. Pero ella sabe cuánto la quiero. ¡Estás mintiendo! ¡Dime que estás mintiendo! Bien, dijo Manuel con voz pausada y sin variaciones, se nos acabó la hora. Se sentó, se puso de pie, le dio su mano al terapeuta y se marchó. Ignacio se recostó en el diván y comenzó a marcar insistentemente el teléfono de su mujer.


Por Matías Carrasco.

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