CRÓNICA DE UNA CÁRCEL ANUNCIADA

CARCEL

Soy un hombre normal. Despierto, me ducho y camino como un hombre normal. Incluso, más que normal, podría decirse que soy un hombre bueno. No muy destellante, sino simplemente bueno. No he matado a nadie. Tampoco vendo papelillos de pasta base, no golpeo a mi mujer ni a mis hijos. Soy, como dije, un tipo bueno. Pero no me siento orgulloso de eso. No al menos del todo.

Podría decirse que es la crónica de una educación anunciada. He sido formado en una buena familia, donde me hablaron de valores y me trataron siempre con especial afecto y cariño. Nunca sentí desprecio de mis padres y hermanos. Ellos también fueron un buen ejemplo para mí. Vivía en un barrio tranquilo. Jugaba con mis vecinos y cuando la tarde expiraba, mi nana, la querida Jovita, nos anunciaba la hora de ir al baño. Me eduqué en un colegio privado, con profesores de primer nivel. Había espacio para el estudio, la recreación, las artes y el deporte. Y mis compañeros eran buenos como yo. Lo que vino seguramente ya lo anticipa: fui a la universidad, me titulé como profesional,  tengo un trabajo estable y una familia, otra vez, normal. Pienso que lo mio no es necesariamente meritorio. Le concedo algo de esfuerzo y trabajo, pero más bien es fruto de un ambiente seguro, cuidado y protegido.

Digo esto ahora cuando se habla en Chile de asesinos, cárceles y torturas. Y aunque el instinto llama a la venganza, no puedo dejar de preguntarme, ¿cómo habrán sido sus vidas? ¿cuándo dejaron de ser niños buenos como yo? ¿quién les torció el camino? ¿cuánto abandono, violencia y miseria esconden esos rostros duros y desafiantes? Quizás una pregunta mas difícil: ¿tienen ellos y ellas, delincuentes y asesinos, algún grado de libertad para decidir? ¿hastá dónde son víctimas o victimarios?

En su libro El Adversario, el escritor Emanuelle Carrere decide ahondar en la vida de uno de los criminales más grandes en la historia de Francia. Se trata de Jean Claude Romand, quién a principios de los noventa asesinó a su padre, a su madre, a su señora y a sus dos pequeños hijos. Luego prendió fuego a su casa e intentó quitarse la vida, sin suerte. En seguida se ganó el repudio de toda una sociedad y el apodo de monstruo. Aún así, Carrere se puso en contacto con él y le pidió conocer su historia. “No me dirijo a usted movido por una curiosidad malsana o por el gusto del sensacionalismo. Lo que usted ha hecho no es , a mi entender, la obra de un criminal ordinario ni tampoco la de un loco, sino la de un hombre empujado por fuerzas que lo superan y son esas fuerzas terribles las que yo desearía mostrar en acción” – le explicó en una carta enviada a la cárcel.

Tras adentrarse en su mundo, el escritor descubrió una vida inventada y, desde sus primeros años, una dinámica familiar sostenida desde la intriga y la mentira. Y de ahí vaya saber uno que intrincados laberintos se dibujaron en la cabeza de Romand para llegar a matar a quienes más quería para no ser descubierto en su falsa historia de cristal.

No se trata de justificar actos deleznables. Para ellos está la justicia. Pero es bueno para Chile comenzar a mirar seriamente y de frente el tipo de sociedad que hemos formado y que cobija un semillero de maldad que se anida como una peste en lugares donde escasea el cariño y la contención. ¿Cabría otro futuro para niños que se crían solos, con padres tras las rejas, en barrios violentos, sin educación y buenos modelos a seguir?

Son vidas que más que otra vez torturas, malos tratos y venganza, requieren de reparación. Y en las cárceles vemos, a diario, todo lo contrario.

Es cierto. La rabia nos llama a olvidarlos y despreciarlos. Pero si nos abrimos a la interrogante de sus vidas, la misma que movilizó al escritor francés, podríamos verlos de niños, todavía buenos, y hacer algo por evitar la crónica de una cárcel anunciada y cambiar su final.


Por Matías Carrasco.

 

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