EN EL DÍA DEL PADRE

diapapa

Hace unas semanas me decidí a arreglar el lavamanos del baño. Hacía tiempo que el agua estaba ahí estancada, escurriendo con dificultad. No le había dado mayor importancia. Pero algo me hizo tomar la determinación de hacerme cargo ese día.

Comencé por vaciar de shampoos, cremas, lociones y bálsamos la cajonera que está justo por debajo de la palangana. Luego giré con cuidado las piezas que unen las tuberías por donde circula todo aquello que a diario utilizamos. Y después de desarmarlo todo, tomé con cuidado el sifón y comencé a limpiarlo. De ahí salían pelos y una espesa pasta negra y maloliente. Finalmente, repasé también el interior de los tubos y refregué cada parte con cloro. Tomé nuevamente cada uno de los plásticos engranajes y volví a componer el intrincando laberinto del lavamanos. Eché a correr el agua y, esta vez, todo fluyó. Me sentí bien.

Puede que le resulte extraña la comparación, pero siento que de alguna manera de esto se trata ser padre. Al menos yo he aprendido de esta experiencia. Ser Papá significa muchas cosas pero en lo esencial significa, para mí, reparar. No digo que las madres no puedan hacerlo ¡por supuesto que si!, pero en este caso hablo de mi propia historia.

Criar a un hijo es una tarea gigantesca. Y no hablo del quehacer diario, de levantarse temprano, sacarlos de la cama, vestirlos, calentar el almuerzo, preparar sus loncheras e ir a dejarlos al colegio. Tampoco de dormir poco, hacer con ellos las tareas, repetir órdenes hasta el cansancio, batallar para que se coman la comida o se vayan a dormir. Me refiero más bien a la misión de formar hombres y mujeres libres y felices. Y para eso es necesario aprender a recomponer para que el agua, su propia agua, corra más fácilmente.

No me mal entienda. No hablo de ir limpiándoles a nuestros hijos de obstáculos su camino. Nada de eso. Pienso más bien en su interior, en sus afectos, sueños y dolores. En algunos el agua fluye con más facilidad. Pero a otros les cuesta más el mundo y es ahí donde se hace necesario intervenir. Reparar. Mis hijos me han enseñado a reparar.

No es fácil este asunto. Si entendemos que la tarea del padre es reparar, asumimos entonces que somos capaces de hacer daño. Y eso duele y si podemos evitarlo, inconscientemente lo haremos. Darse cuenta es el primer paso. Y el segundo es disponerse a recomponer aquello que nosotros u otros hemos roto. Tal como lo hacemos con un estropeado lavamanos. Habrá que hacerse el tiempo, preparar el lugar, desarmar con cuidado cada pieza, limpiar, volver a armar e incluso, para evitar filtraciones, reforzar con alguna cinta especial.

No importa de quién es la bola de pelos que produjo el tapón. La culpa no es el foco. Lo crucial, otra vez, es reparar.

Yo he tenido la suerte de hacerlo. No es porque sea un hombre muy sofisticado, sino simplemente porque así me tocó. He tenido que aprender y cambiar. Sobre todo, cambiar.  Es un trabajo duro y que requiere de mucha paciencia y esfuerzo. Pero asumir esta tarea, es también entender que el mayor regalo de un padre puede ser el de curar una vida entera.

 


Por Matías Carrasco

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