MI OPINIÓN

Siendo más joven solía enredarme en discusiones ásperas. A veces levantaba la voz y me ponía eufórico. Se me aceleraba la respiración y terminaba irritado, incómodo. Incluso, en ocasiones, llegaban a temblarme las manos y la voz. Eran conversaciones que me las tomaba muy en serio. La mayoría se trataba de asuntos de religión o de política. Había opiniones que, sencillamente, no me cabían en la cabeza. ¿Cómo diablos puedes pensar eso? Me parecía, estaba seguro más bien, de estar siempre del lado correcto de la historia. No solo estaba convencido de mis ideas, sino también de mi moral. Percibía, no sé por qué, la certeza de estar remando siempre en la dirección adecuada, en aguas profundas, sensibles, y sobre todo, humanas. Me sentía, de alguna manera, bendecido. Y esto es lo extraño. Rondaba en mi cabeza una especie de delirio, de ensueño, de considerarme un tipo especial y un caballero investido (vaya a saber uno por quién) para librar causas nobles y justas.

Las discusiones que tenía se daban siempre en un tono de incomprensión. No me bastaba con poner sobre la mesa mi punto de vista, sino que me empeñaba, y esto lo hacía con toda mi energía, en doblegar el argumento contrario. Como se dice, escuchaba para preparar mi artillería, más que para entender o someter mi propio juicio al escrutinio de quien tenía al frente. Terminaba exhausto, como un boxeador. La diferencia de opinión me parecía siempre un contraste, una grieta. La sombra estaba del otro lado y yo intentaba iluminar, dar luz, con el empeño del misionero. Cuando abandonaba el intercambio -a veces abruptamente- me retiraba rumiando esa disputa que no pudo ser resuelta a mi favor. Cómo puede ser…cómo puede ser…me preguntaba.

Ahora que estoy en los cuarenta y tantos las discusiones que tengo son más reposadas. No sé si son los años, la terapia o los libros (¡cuánta enseñanza hay en los libros!). Tal vez sea un embutido de todo eso. Pero lo cierto es que me las tomo con más calma. No siempre, claro. Tengo mis recaídas. Pero miro hacia atrás y no solo veo juventud, sino también arrogancia, rigidez y un cierto aire mesiánico, algo de locura, que supongo, me apuntalaba y me mantenía en pie.   En algunas cosas sigo pensando lo mismo, en otras he cambiado de opinión. De vez en cuando, me observo recordando debates encendidos, de esos que lo dejan a uno desencajado, reyertas antiguas, aceptando de mis adversarios, años después, que tenían -total o parcialmente- la razón.  

Sigo defendiendo causas que me parecen justas y nobles. También ideas en las que logro fijar una postura clara. En otras, prefiero observar, detenerme, y buscar debajo de las piedras. La diferencia de tiempos anteriores es que ahora pienso que mi opinión es simplemente eso, mi opinión. No pretendo evangelizar ni convencer a nadie. Menos dar luz. Al final, es un asunto de estadísticas: si somos millones de personas, con millones de miradas distintas, en las situaciones más variadas: ¿por qué debería yo tener la razón? ¿por qué no tendrían otros también esa posibilidad? A mi juicio, mi opinión es algo así como una apuesta: es esto lo que pienso, es esto lo que defiendo, incluso con ímpetu y entusiasmo, pero me abro a la opción de estar, en parte o completamente, equivocado.

Digo todo esto pensando en el Chile de hoy. Se hace muy difícil aceptar una opinión distinta. Encasillamos. Moralizamos. Roteamos. Ninguneamos. De un lado los buenos, y del otro, ya sabemos. ¿Es cierto todo eso? ¿realmente el mundo es tan simple como para dividirlo en dos? ¿estaremos siempre (¡vaya coincidencia!) del lado bueno de la historia?

No debiera sorprendernos que el otro piense distinto, lo que realmente debiera quitarnos el sueño es nuestra propia incapacidad de admitir que eso puede suceder (de hecho, sucede, todos los días) sin que signifique un reproche, un desprecio o un largo y soberbio sermón.  

Por Matías Carrasco

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