INFELICES

Izkia tiene razón. Hay infelices en el gobierno. Tiene que haberlos. También los hay en el Colegio Médico, en el congreso, en las iglesias, en las empresas, en carabineros, en sindicatos y directorios, en los periodistas, en el ejército, en los intelectuales, en los artistas, en los mapuches y en los huincas. Existen también entre las feministas y los machistas, en la primera línea, en la segunda y en la tercera. No quiero herir a nadie, pero infelices hay en todas partes.

El problema está en que no nos damos cuenta de eso. Es decir, de la propia condición de infelicidad. No me refiero a la infelicidad como a la desgracia o la suerte adversa, sino más bien, a lo que Izkia entiende por tipos (y tipas) infelices. A los de actuar ruin y deplorable.  De esos (y esas) repito, hay una montonera.

Quizás convenga esclarecerlo en la nueva constitución. En su primer artículo. Todos y todas nacemos igualmente infelices ante la ley. Tal vez, habría que ser más preciso. Los recién nacidos no son rufianes. Corrijo. Todos y todas nacemos igualmente buenos, pero indefectiblemente, podremos llegar a ser, le guste o no, en algún momento de la historia, hombres y mujeres infames. Eso podría dotarnos de la igualdad que buscamos y que aún no logramos conseguir.

Nadie está libre de tirar la primera piedra. Nadie está libre de ser un infeliz. De alguna manera todos lo somos. Es esto de las luces y sombras, que ya no vale la pena repetir. Es una semilla que cae sobre rocas, rígidas e inamovibles, como son las rocas. Estamos en la hora de las sombras de un lado y las luces del otro. Como el día y la noche. Pocos están dispuestos a asomarse a la ventana cuando amanece o cuando el sol se oculta, y se mezclan al fin, el brillo y la oscuridad.

Algunos piensan que estamos gobernados por una tropa de infelices. Incluso lo piensan aquellos que ya gobernaron, y era que no, también los llaman infelices. ¿Se da cuenta de que esto es una cadena? El tema es que muchos esperan que termine esta administración infeliz para, al fin, dar paso a los iluminados, a los que saben, a los impolutos, a los de una claridad envidiable. Pero no será de esa manera. Está escrito. Son los tiempos. Cualquiera que sea, de derecha o de izquierda, progre o conservador, del pueblo o de la elite, terminará por defraudarnos, como otros y otras ya lo han hecho. Si esperamos santos, encontraremos, simplemente, al ser humano.

Pero hay una salida a todo este embrollo. Sabernos infelices ayudará a bajar la guardia. Si entendemos, de una vez por todas, que a todos nos cortó la misma tijera, nos olfatearemos amablemente moviendo la cola, y no como perros entrenados a dar la pelea.  Es cierto. Hay infelices e infelices. Unos muchos más que otros. Pero compartimos la misma cepa y el mismo e imperfecto origen.

Tenemos al frente la oportunidad gigante de revisar lo que hemos hecho como país y dibujar el Chile que queremos en el futuro. Y para eso se necesita conversar, con apertura y diálogo, a pesar de las profundas diferencias que puedan existir. Porfiar en la línea de las ofensas y de las trincheras, solo alimentará nuestra propia e inherente infelicidad.

Por Matías Carrasco.

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