DESCANSAREMOS

A una de mis hijas le encanta la Navidad. A todos los niños les gusta, claro, pero lo de mi hija es otra cosa. Le fascina la Navidad. Tanto que apenas termina se lamenta porque queda mucho para la próxima Nochebuena. Es ella quien me pregunta cuál es mi época preferida del año. Semana Santa. ¿Semana Santa? ¿Por qué, papá? No sé. La resurrección, el cactus de la costa ¿El cactus? Sí…la oda de Neruda…hermano, hermana, espera, estoy seguro, no nos olvidará la primavera. Estás loco, papá.

Ya lo he citado varias veces, no sé cuántas. Al cactus de la costa lo descubrí hace 20 años o más, en un retiro de Semana Santa. Un gimnasio repleto de gente y el sacerdote jesuita, Fernando Montes, caminando lento, algo encorvado, con un lote de libros en sus manos. Se subía a la tarima, y se acomodaba en una silla frente a una mesa con un mantel azul. El micrófono daba un chirrido y se largaba a hablar de esto y de aquello, con su voz grave, a ratos inaudible, haciendo referencias a novelas, poesías, películas y canciones de moda. Montes es un humanista, un intelectual, un tipazo. En una de sus intervenciones citó el poema de Neruda, el cactus terrible, el de las espinas estrelladas, azotado por las olas, que es el primero en florecer, con un rayo rojo, en primavera. Una maravilla. De ahí se convirtió, para mí, en una especie de himno, en un mantra que sostiene. Tengo tatuada en mi antebrazo derecho la palabra primavera.

Ahora leo el último libro de Emmanuel Carrere, Koljós, una mirada a su madre y a sus antepasados. Me gusta Carrere. Tiene una escritura honesta y atrevida. Tanto que sus publicaciones le han valido enemistades, el distanciamiento con su madre por un par de años y demandas de su ex mujer. Habla (escribe, más bien) con desenfado, como venga, sin cálculo. He leído buena parte de sus novelas. Todas me gustan, pero El adversario tiene un lugar especial. Es su obra más compleja y corajuda. Ahí está eso de que tocar un libro es tocar al hombre. Y, coincidentemente, ahora me doy cuenta, que la primera vez que oí de El adversario fue…por Fernando Montes. Otra vez el gimnasio lleno, el paso lento, la espalda levemente curvada, los libros sobre el tapiz azulado, el chirrido de los parlantes, y la fascinante historia de Jean Claude Romand, el monstruo de Francia, el asesino de sus padres, de su esposa, de sus dos hijos, y una vida de mentiras y de engaños. Todo muy impresionante para ser verdad. Pero fue verdad.

Vuelvo. Leo Koljós de Carrere y me topo en uno de sus pasajes con una cita a Chéjov y su obra de teatro Tío Vania. No la conocía, pero el texto es precioso y me recordó al cactus en el roquerío. Es otra forma, más antigua, más rusa, más cruda, de hablar de primavera. ¿Lo habrá leído Neruda?

“¡Y viviremos, tío Vania! ¡Pasaremos por una sucesión de largos días y largos anocheceres! Soportaremos las pruebas que nos depare el destino. Trabajaremos para los demás sin conocer el descanso. Y, cuando llegue nuestra hora, moriremos resignadamente, y allí, a los pies de la tumba, diremos que hemos sufrido, que hemos llorado y que hemos conocido la amargura… Y Dios se apiadará de nosotros. Y entonces, tú y yo, tío, mi tío querido, descubriremos una vida maravillosa, sublime, elegante. Nos sentiremos gozosos y, con una sonrisa en la cara, volveremos con emoción la vista a nuestra actual desdicha, y, por fin, descansaremos. Tengo fe, tío. Lo creo como creo en pocas cosas. Descansaremos. Descansaremos. Oiremos a los ángeles, contemplaremos un cielo cuajado de diamantes y veremos cómo, bajo él, toda la maldad terrestre, todos nuestros sufrimientos se ahogarán en una misericordia que llenará el mundo entero. Y nuestra vida será calma, tierna, dulce como una caricia. Tengo fe, creo en ello… Pobre, mi pobre tío Vania, estás llorando… En toda tu vida no has conocido la alegría…, pero espera, tío Vania, espera… Descansaremos… Descansaremos… Descansaremos…”.

Me gusta Semana Santa, mucho más que Navidad. Es esa tregua después de la cruz, es la flor después de un invierno jodido, es el consuelo de los náufragos lo que conmueve. Y ahí, lanzados por las olas a la arena, cansados de tanto remar, ahí, sobre la playa caliente llegará un día la primavera, prenderán fuego, tomarán un buen vino, y descansaran, descansaran, descansaran.

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Por Matías Carrasco.

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