EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS

Terminé un libro. Lo hice recostado sobre mi cama, una lámpara levemente inclinada hacia mí, la televisión encendida y el murmullo de las noticias. El libro es extraordinario. Me preguntaba, mientras leía las últimas páginas, si merecía un final en medio de las luces y el ruido del televisor. ¿No debiera uno darse un espacio más solemne para el epílogo de una novela inmensa? Se trata de El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura. El hombre que amaba a los perros. Podría repetir esa frase mil veces. Algo tiene que lo agarra a uno. El hombre que amaba a los perros.  Cuando recorría el capítulo final me abordaba cierto vértigo, un suspiro repentino. ¿Voy a llorar? Me propuse no hacerlo. ¿Por qué uno se propone tantas tonterías? Es una novela triste, conmovedora, compleja. Trata sobre la vida de León Trotski, su deportación, sus dudas, su tragedia, la soledad, el sinsentido, la intriga, la traición, Stalin y un Estado criminal soplándole en la nuca, y un piolet que le partió, finalmente, la cabeza en dos. También está la historia de Ramón Mercader, el asesino, sediento de una causa, adoctrinado como un animal, y un odio enquistado que no supo sacarse nunca de encima.  

En una especie de apéndice, el escritor agradece y enfatiza que esto se trata de una novela. O más bien, como el mismo Padura señala, “un ejercicio entre realidad verificable y ficción”. Muchas veces abandoné la lectura por unos segundos para confirmar en mi celular datos y personajes. Y todo, o casi todo, era cierto. Sorprendentemente real. Hace tiempo le vengo dando vueltas a la misma pregunta: ¿por qué se habla y documenta tanto del nazismo y sus horrores, y tan poco de los campos de concentración, la hambruna, la persecución, las torturas, los ajusticiamientos y los millones de muertos del comunismo de principios de siglo y más? Soy un fanático de las películas de la Segunda Guerra Mundial, las he visto por montones, pero cuesta encontrar películas que hablen del lado negro de la ideología que prometió un mundo igualitario y mejor. Hay mucho que contar. He leído libros. La broma, de Kundera, en el marco de la invasión soviética a Checoslovaquia en 1968. Un día en la vida de Iván Denísovich, de Aleksandr Solzhenitsyn y su crudo relato de una jornada en el gulag de Siberia. La gran fábula de los totalitarismos de Rebelión en la granja, de Orwell. Y también, acá a la mano, tenemos a Roberto Ampuero y Nuestros años verde olivo y Detrás del muro, sobre la vida en Cuba y Berlín oriental. En todos se percibe ese ambiente lúgubre, asfixiante, tiránico y cruel. No es, precisamente, la tierra prometida.

Conocer de todo esto ayuda a entender que no es un asunto de derecha o de izquierda. Que es una estupidez (o un infantilismo) pensar que los buenos están de un lado y los malos del otro. Lo único cierto es que el hombre puede convertirse en una bestia despiadada y feroz si resigna su capacidad de pensar reflexivamente ante el voraz peso de una ideología enfermiza. “La guerra es una mierda” – decía uno de los personajes de la novela – “matas o te matan.  Pero yo he visto lo peor de los seres humanos, sobre todo fuera de la guerra. Tú no puedes imaginarte de lo que es capaz un hombre, de lo que pueden hacer el odio y el rencor cuando los han alimentado bien”.

El libro de Padura conmueve porque más allá de los hechos históricos logra transmitir todo el daño que puede causar en una sola persona (que pueden ser todas las personas) el fanatismo, la saña y la violencia política. Son tipos (y tipas) quebrados, solos, vaciados por dentro. ¿Vale la pena? ¿Tiene sentido? Y en medio de todo eso, de ese absurdo cuadro, están dos borzois rusos, galgos de perro largo, grandes y elegantes, que corren frente al mar como desentendidos de todo, o quizás entendiéndolo todo, mirando de vez en cuando la frágil figura del hombre que amaba a los perros.  

____________________________________________________

Por Matías Carrasco.

Estándar

Deja un comentario