CRÍTICA DE LA VÍCTIMA

Se ha hablado mucho del episodio del diputado Hugo Gutiérrez. Es sin duda una imagen sabrosa. Es la caída del “hombre bueno”. Es la historia del velo corrido. Es la izquierda autoritaria. Es la hilacha de un discurso estridente. Es el poder encabronado.  Es un pecho en lo alto. Es el cargo puesto encima. Es la mirada displicente. Son las manos que suben y que bajan pegadas al abdomen reafirmando el propio ego.  Es la desilusión de una tierra igualitaria. Da para escribir un libro. O una columna.

Pero hay algo más. Lo interesante no es la secuencia del video, sino lo que vino después. El mismo parlamentario, blindado por el Partido Comunista y otras personalidades de su sector, se ha encargado de dar vuelta la tortilla. No habría en este hecho un acto de evidente prepotencia. Menos una actitud de la que hacerse cargo o de la que pedir perdón.  Nada de eso. Se trataría más bien de una persecución política, de un abuso de poder por parte de la policía marítima, de un control ilegítimo, de un trato indigno, de un montaje coordinado entre la Armada y la derecha fascista. De pronto, como en una voltereta, Hugo Gutiérrez, el del fuero y la autoridad inescrutable, se convertía en víctima. ¿Cómo diablos lo hizo?

En su ensayo Crítica de la Víctima, el profesor italiano Daniele Giglioli sostiene que la víctima es el héroe de nuestro tiempo.  Ser víctima, enfatiza, otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derecho y de autoestima.  Inmuniza ante cualquier crítica y garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable. “¿Cómo podría ser la víctima culpable o responsable de algo?” – se pregunta.

El autor se apura en diferenciar a las víctimas reales de aquellas imaginarias. Millones de personas han sufrido humillaciones, torturas, abusos, exclusiones y crímenes. Para ellos y ellas, justicia y reparación. Pero existen otros (y otras) que pasean por el mundo exhibiéndose como víctimas, cuando realmente no lo son.  “En una época en que todas las identidades se hallan en crisis, o son manifiestamente postizas, ser víctima da lugar a un suplemento de sí mismo” – dice Giglioli.

Es esto lo que nos tiene medios confundidos, pienso. Lo que antes parecía claro, hoy se vuelve difuso, intrincado, como un puzzle que me rompe la cabeza. Incluso la moral se me enredó de repente. ¿Qué es bueno? ¿Qué es malo? ¿Quién es la víctima y quién el victimario? La sociedad de las víctimas me alumbra como un faro en mitad de las olas y de la noche.

El disfraz de víctima está ahí, al alcance de cualquiera. Es la tentación de estos días. Frente a un error, a un tropiezo, a nuestras propias miserias, parecer un cordero echado sobre una mesa de madera y con las patas amarradas, nos puede salvar.  Al menos, expiar de nuestras propias culpas y zozobras.

Es difícil este tema. Hacer una crítica de la víctima en una sociedad victimizada, no es un buen negocio. Sobre todo si la víctima garantiza la verdad y está en lo verdadero por definición.  Pero es necesario poner una señal de alerta. “La herida más profunda causada por la victimización es precisamente esta: que acabamos afrontando la vida no como sujetos éticos activos, sino solo como víctimas pasivas, y la protesta política degenera entonces en un lloriqueo de autoconmiseración” – cita el ensayista.

Es jodido pensar en una sociedad mejor sin análisis, sin autocrítica, sin la propia vida puesta en entredicho. Sin una revisión honesta de sí mismo, no hay arreglo posible.

Agrego un recuerdo de la adolescencia: habiendo tenido unos 13 años, le contaba a una tía de mis infortunios explicados por la separación de mis padres. Ella, en un tono serio y decidido, me respondió algo así como: “podemos culpar a nuestros padres de lo que queramos, pero llegado un momento debemos hacernos cargo de la propia existencia”. Ella nunca se enteró, pero me dio una lección eterna.

Por Matías Carrasco.

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3 comentarios en “CRÍTICA DE LA VÍCTIMA

  1. Luzma dijo:

    Fantástico Matías, como en pocas palabras describes situaciones tan reales como groseras, el señor Gutiérrez es un enfermo de odio!…..lo que es muy difícil de superar.
    felicitaciones !!! Exelente y profunda columna!

    Me gusta

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