UTOPÍA

cementerio

Todo estaba en orden. No era precisamente el paraíso, pero las cosas funcionaban en estas tierras lejanas. Había de comer, dónde echarse a descansar, consultorios a disposición, un transporte decente, templos vacíos, verdulerías con cucarachas, cines rotativos, bares de buena y mala muerte, y un tráfico de mierda. Sobraban las plazas y abundaban los árboles y jardines. Pobres también había, por eso era un lugar normal. Y con ello bastaba.

Pero el 21 de diciembre de aquel año que no es importante recordar, algo comenzó a crujir bajo las pieles de ese país sin nombre. Urselino Taborga llegaba al poder después de una elección reñida, que tenía a la república partida en dos y hecha un hervidero.

Esa misma noche, en el pasaje 2365 de la calle Los Laureles, las cosas se vivieron más o menos así. Los Garrido, bajo el umbral de su puerta, destaparon una botella de champaña y celebraron extasiados el ascenso del nuevo gobernante. Cecilia, la señora del fondo, se asomaba por la ventana con su cabeza casi calva, sin saber muy bien lo que estaba aconteciendo. El de la casa C salió con un par de cervezas bajo el brazo y compartió con los Garrido el sabor del triunfo y de la cebada. Sus vecinos mantuvieron las persianas sin abrir. Edmundo deambulaba a toda prisa en su triciclo y tras él, las pequeñas mellizas del Tuco Carvajal, que corrían con gracia, entre brincos y risotadas. Ana, la joven Ana, bailaba frente al espejo en su habitación del segundo piso, bella y ligera como una nube, ausente del mundo y sus tribulaciones. Esteban, en el sofá de su living, bebía algo de vino, perplejo y ensimismado. “Nos fuimos al carajo” –pensó. Y un chico, delgado, de tobillos firmes, orejas sucias y espinillas nacientes, miraba fijo las piruetas de Ana, apoyado sobre el sillín de su bicicleta. Ése, era yo.

De aquel enjambre, Esteban estaba en lo cierto. Ese día comenzamos a irnos al mismísimo carajo.

Urselino Taborga había hecho una carrera mediocre, pero suficiente para hacerse del poder. Hijo de campesinos, aprendió las artes de la política adentro de un gallinero. Alimentaba las aves, las engordaba, echaba mano a sus huevos, y cuando ya no servían, les agarraba el cogote y lo estiraba hasta su último adiós. Luego, disfrutaba de una cazuela calentada con leña, mientras en el corral lloraban a sus muertas.

Se acordaba de su infancia cuando cruzó las puertas de la casa de gobierno. Lo recibió la guardia del palacio, con los fusiles en alto, el trasero bien firme y la mirada puesta en algún horizonte. Saludó con su mano en la frente y pasó camino al despacho presidencial, “grande como un potrero”.

Su primer discurso lo hizo de corrido y sin errores. El bigote le brillaba en televisión y sus ojos se encendían cada vez que decía “pueblo” y “justicia”. Habló de Dios y de los mortales. También de lealtad y traición. Afuera, una gran muchedumbre enarbolaba banderas y vociferaba a coro el nombre del estrenado mandatario. Otros tantos hacían barricadas, prendían fuego, echaban a correr un cerdo con la cara dibujada de Taborga y se tragaban con gritos los palos de la policía.

Urselino comenzó a cambiar las cosas desde el primer momento. Mandó a construir una estatua con su imagen que dispuso en la plaza central. Era una obra inmensa y atemorizante. El bronce brillaba con los rayos del sol, y como un designio, sobre el espeso mostacho, cayeron las heces de una paloma agorera.

La nueva autoridad estaba empeñada en hacer del país sin nombre su propio reino. Se puso cabrón, montó un ejército bien pagado y armado hasta los dientes, se rodeó de matones y holgazanes, barrió con los opositores, fusiló a unos cuantos, encarceló a cientos, derogó todas las libertades, gobernó con la Biblia y el Corán (era un hombre devoto, pero ambiguo), se hizo de todas las empresas y creó, a mucho orgullo, la Corporación Estatal de Huevos Taborga, un gallinero de mil hectáreas, con modernos sistemas de calefacción y regadío.

Los que pudieron, arrancaron de estas tierras quejumbrosas y los de siempre, quedaron rezagados en la hambruna, la enfermedad y la violencia.

Los Garrido cambiaron de auto, y a los pocos años se mudaron a una casona en los cerros de la ciudad. A esas alturas, doña Cecilia no contaba con ningún solo cabello sobre su cabeza y casi ya no se asomaba por su ventana.

A Esteban nunca más lo volví a ver. Las mellizas Carvajal crecieron y me parecían insoportables. En la casa D, las persianas permanecían cerradas. Y Ana, la hermosa Ana, iluminaba -ahora más grande, más voluptuosa, más rebelde y llamativa- el pasaje de Los Laureles. Yo la observaba– también más grande, también más grueso- tímidamente, como en un sueño.

El pueblo parecía dormido. Tanto despotismo había aplacado ahora la esperanza. Ni el hambre, ni la prisión, ni la mordaza en los labios, despertaban el alma de un suelo moribundo. Hasta que sucedió aquello.

Uno a uno los cementerios comenzaron a cerrar sus puertas. Los administradores – migrantes de épocas más gloriosas- se convencieron de que éste no era un buen lugar para vivir ni para cavar tumbas. Hicieron sus maletas y salieron del país. Taborga no le dio mayor importancia. Estaba preocupado de otras materias – la estatal de huevos rendía- y pensó que los muertos podrían ser lanzados al río o enterrados bajo la nieve de la cordillera.

Estas tierras no tenían nombre, pero sí dignidad. El pueblo se alzó, luchó y se ofreció por sus difuntos. El problema aumentaría. Si antes no había espacio para enterrar a cientos, ahora eran miles. La refriega fue cruenta. Las iglesias colaboraron. Allí se amontonaban la carne y los huesos. Los templos, antes vacíos, ahora lucían un lleno total, inmóvil, pero lleno al fin.

Un grupo de voluntarios se armó de palas y chuzos para improvisar sepulturas en las orillas de la ciudad. Mientras unos escudriñaban la tierra, otros armaban cruces de palo para decorar a los muertos. Allí, estaba yo.

Recibíamos decenas de infortunados cada día. Los envolvíamos en sacos viejos, los cargábamos de a tres y los acostábamos cuidadosamente, uno a uno, en sus reposeras eternas. Los cubríamos de tierra, clavábamos el crucifijo y guardábamos silencio.

En la ciudad la batalla no cesaba. Los muertos resucitaron el espíritu y la libertad. Los soldados también tenían sus caídos, pero no tierras donde despedirlos. No tardaron en unirse a la revolución. Urselino sintió miedo y el ahogo de la soledad. Ya no le brillaban los ojos ni el bigote. Su estatua, estaba en el suelo.

La mañana de la victoria, Taborga se encontraba solo en su despacho. La casa de gobierno estaba sitiada y un cielo gris se instaló como testigo de una jornada libertaria pero triste. Yo amanecí en la periferia, en una pampa llena de cruces y cuerpos apilados esperando su último viaje. Urselino estaba escribiendo una nota a su madre, cuando entró una horda iracunda. Yo miraba la carreta repleta de cadáveres que se acercaba por el camino, levantando una polvareda. Urselino desenfundó su revólver y dio un grito que se perdió entre el piquete amenazante. Yo me disponía a cargar otra vez a los muertos cuando descubrí entre el montón a una mujer de pañuelo rojo. Ana yacía con su cuerpo doblado y su hermoso rostro mirando las nubes donde ella bailaba. Taborga no alcanzó a disparar. Antes que lo hiciera, la turba se le fue encima y en un parpadeo lo mandaron al edén o al infierno. Eso nunca se sabe.

Llevé a Ana sobre mis hombros, la puse bajo la sombra de un pino, cavé casi sin fuerzas, la dejé en la fosa, me incliné y la besé en su boca de hielo.

En el pasaje de Los Laureles, los de la casa D abrieron sus persianas y una tenue luz cayó justo sobre los ojos de una mujer sonriente. Abajo, en las baldosas, las personas se asomaban con timidez, como a tientas.

Yo, mientras tanto, caminé entre los crucifijos con la pala a rastras, lamentando la muerte de mi dulce utopía.

 


Por Matías Carrasco

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3 comentarios en “UTOPÍA

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