HASTA EL INFINITO Y PARA SIEMPRE

libertad

La libertad de expresión ha estado en entredicho por estos días. La discusión del proyecto de ley que busca sancionar a quienes justifiquen, aprueben o nieguen las violaciones a los derechos humanos ocurridas durante la dictadura, ha abierto un debate respecto a los límites sobre lo que podemos o no decir. Por lo tanto, también de lo que se puede o no escuchar.

Asimismo, en las últimas horas se ha generado por las redes sociales otra interesante polémica respecto a uno de los cuentos premiados en el concurso Santiago en 100 Palabras, acusado – por algunos- de ser una apología al femicidio. La narración, titulada “Día de los enamorados”, dice así:

“Lista de compras. 2 copas. Vino blanco y cerveza. Frutillas y crema. 1 chocolate marmolado o Sahne-Nuss. 2 sándwiches de queso azul y rúcula. 3 flores rojas. Canasto y mantel. Preservativos. Cuerda y cinta de embalaje. Guantes de goma. Bolsa de plástico grande. Palo. Bencina blanca, encendedor. Quitamanchas” . Juzgue usted.

 Cuando escribo estas líneas, me acuerdo de la decisión de un liceo de hombres de la comuna de Independencia, de negarse a leer el libro “La esquina es mi corazón” del escritor chileno, Pedro Lemebel, por considerarlo “asqueroso” debido a su condición homosexual. ¿Es válido oponerse a una lectura por motivos de género u orientación sexual? ¿pueden esos padres y apoderados ejercer su derecho a leer lo que consideren apropiado para ellos?

A inicios del 2016, los entonces diputados UDI Gustavo Hasbún, Ignacio Urrutia y Jorge Ulloa, presentaron un proyecto de ley que busca sancionar con presidio menor y una multa de 5 UTM a quienes enaltezcan, nieguen o minimicen los hechos de gobiernos que hayan transgredido la constitución política, dando como ejemplo la administración del Presidente Salvador Allende. Esto, en respuesta a una iniciativa similar que había postulado antes la parlamentaria comunista Karol Cariola, pero en sentido contrario: prohibir toda actividad de carácter público que tenga por objetivo la exaltación u homenaje de la dictadura militar.

Sé que estoy mezclando cosas. Algunas propuestas buscan sancionar ciertas expresiones referidas a nuestra historia con penas de cárcel y otras situaciones se referirían a la tentación de limitar la creación o el acceso a obras literarias o artísticas por considerarlas ofensivas.

Pero en la intersección de estos dos mundos está la libertad de expresión. ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo?

Un buen amigo me había advertido hace algún tiempo que pronto llegaría a Chile la tendencia de amordazar a las personas por su pensamiento o manera de ver el mundo. Debo confesar que no le creí. Pero ahora veo con preocupación una corriente creciente por intentar acallar opiniones que, en general, se sitúan en grupos minoritarios y en desventaja, en lo que a pensamiento se refiere.

Esto ha partido de manera casi inadvertida. Existe en los medios y en redes sociales una suerte de policía omnipresente, una voz predominante, que atemoriza y trolea a quien plantea un contraste o derechamente una cuestión distinta a la mayoría.

Pero ahora, sin tapujos, algunos pretenden poner a los díscolos tras las rejas y fondear en las oscuridades del sótano, manifestaciones artísticas contrarias a “nuestra moral”.

Libertad de expresión. ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo?

Hasta el infinito y para siempre. No debe haber ningún otro rincón en el planeta, más íntimo, más insondable y más libre que nuestra propia conciencia. Allí, en las soledades de nuestros secretos, podemos interpretar el mundo de infinitas maneras. No existe otro lugar.

¿Y qué hay de aquellos que buscan justificar, aprobar o negar las violaciones a los derechos humanos? ¡Allá ellos! Habrá que refutar con argumentos. Ni si quiera mucho más. Evidencia hay por montón. Pero hay algo interesante. ¿Qué significa justificar? Hablar de las causas que llevaron a la dictadura, ¿es justificar? Hay que tener mucho cuidado de querer eliminar, también, la interpretación y los matices. Allí, se acaba la inteligencia.

¿Y qué pasa con aquellos que se niegan a leer a Lemebel por lo que hace en la cama? En su derecho están. Pero – desde mi mirada- se pierden la oportunidad de saborear esa mezcla de poesía y marginalidad que escurre en cada texto. Se farrean la posibilidad de conocer otras fronteras y abrir el mate. ¿Por qué en vez de negarse, no debatir sobre Lemebel y su obra? ¿No puede salir de ahí una conversación interesante?

La libertad de expresión no debe ser nunca acallada, ni en una ni en otra dirección. La diferencia – en la política, la religión, el arte o la historia- es siempre una oportunidad para desafiar, provocar y ampliar el pensamiento.

Nada es más fome, rígido y pobre que la uniformidad de lo igual.


Por Matías Carrasco.

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2 comentarios en “HASTA EL INFINITO Y PARA SIEMPRE

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